Durante la primera mitad del siglo XX, la desnutrición infantil constituye un problema grave de salud pública en América Latina, debido al marcado subdesarrollo, a la pobreza de las clases obrera y campesina, y a la importante disminución de la lactancia materna a niveles tan bajos como un 30% al 3° mes de vida.
Esto se traducía en una mortalidad infantil elevada por su asociación con variadas enfermedades transmisibles, especialmente diarrea aguda y sarampión.
Esto llevó a las autoridades de salud de la época a crear el Servicio de Salud, el que, a través de programas de amplia cobertura en control de salud, vacunación, y distribución de alimentación complementaria, especialmente leche en polvo, más el fomento y recuperación de las cifras de lactancia materna, fue capaz de reducir las cifras de desnutrición a los niveles actuales, permitiendo que ya no se considere a la desnutrición infantil un problema de salud pública, sino más bien un problema que afecta principalmente a grupos de extrema marginalidad, y a pacientes que sufren patologías que interfieren con el desarrollo del niño.
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